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Años de plomo: El terrorismo que nos queda cerca

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4 de marzo de 2018, elecciones en Italia. Por primera vez en casi veinte años vuelven a aparecer la hoz y el martillo en las papeletas electorales italianas. En las semanas previas, se suceden los episodios de violencia en un país en el que el fascismo, como demuestra el peso de la organización CasaPound, está intentando hacerse fuerte: la policía cargando contra manifestantes antifascistas, la agresión de los fascistas a un militante de izquierda en la ciudad de Perugia…

Y en este clima de tensión, Marco Rizzo, secretario nacional del Partito Comunista, salta a la palestra y afirma que “la creciente escalada de violencia debe ser detenida” y que “el poder está en crisis, y, en consecuencia, necesita un periodo de violencia similar a la de los años 70, donde toda una generación de jóvenes fue sacrificada. […] En aquellos años, las provocaciones y la lógica de los “extremos que se tocan” sirvieron para hacer el trabajo sucio a los burgueses y para justificar la represión. Los jóvenes se enfrentaban entre ellos y, al final, ganaban los burgueses”.

¿Pero a qué se refiere con esos “años 70”? ¿No es deber del antifascismo combatir el fascismo? ¿Qué pasó en Italia en esa década en la que “toda una generación de jóvenes fue sacrificada”? La respuesta puede ser tan breve como el material que dio nombre al periodo: los años de plomo.

El final de los años sesenta vio episodios de calado social y político muy relevantes en Europa Occidental y, especialmente, en Italia. En este país, a las movilizaciones del 68, se unió l’Autunno caldo (“el otoño caliente”), un ciclo de movilizaciones obreras que empezó en el 1969 a raíz del fin del convenio laboral de los obreros del sector metalmecánico, junto a otros 32 convenios colectivos. Las movilizaciones dieron lugar a la aprobación de un nuevo estatuto de los trabajadores, aumentos de salario, derecho a la organización asamblearia en las fábricas… pero, además, en el desarrollo de las luchas, surgieron los núcleos de numerosas organizaciones extraparlamentarias que veían ya como un partido incapaz de guiar de forma exitosa las luchas del proletariado al Partito Comunista Italiano (PCI), que empezaba a estar carcomido por las teorías eurocomunistas, que se estabilizarían en los años 70, liquidando al que había sido el partido comunista más grande de la Europa Occidental.

En esta situación, con el auge de un movimiento obrero en un país que había derrotado al fascismo con sus propias manos, los grandes propietarios empezaron a temer por su posición: si unas luchas netamente económicas y de carácter, por lo general, espontáneo, estaban consiguiendo doblegar la voluntad de los burgueses, ¿qué no iba a poder hacer un movimiento obrero dirigido por su vanguardia comunista?

La solución de estos grandes capitalistas, en una lectura de fondo, no fue muy distinta de la que dieron los grandes propietarios en España en el 1936: recurrir al Estado, que desatando su violencia mostraría todo su carácter de clase (es decir, mostraría que realmente está controlado por los grandes propietarios y que la democracia no es real) y recurrir al fascismo.

Su programa, bautizado con el nombre de “Estrategia de la tensión”, es bastante simple de explicar: Consistía en crear en la población un clima de miedo a través del terrorismo que hiciera que los italianos aceptaran de buen grado una nueva dictadura de tipo fascista que “controlara” la violencia.

Y así, durante toda una década, los episodios violentos, los atentados y las matanzas, perpetradas por organizaciones fascistas apoyadas por el Estado o, directamente, organizadas por el Estado mismo: la matanza de la estación de Bolonia (85 muertos, 200 heridos), la de Piazza Fontana (17 muertos, 88 heridos), la de Piazza della Loggia (8 muertos, 102 heridos)…

En respuesta, muchos de esos grupos de izquierda surgidos al calor de las luchas del 69, presionados por el fascismo y por el Estado, que llegaba a culpabilizarles de los atentados fascistas en un infame intento por condicionar la opinión pública, acabaron eligiendo el camino de la acción violenta individual en lugar de la organización del proletariado para luchar contra el fascismo y el Estado. Surgen así, por ejemplo, le Brigate Rosse (es decir, las Brigadas Rojas), que llegaron a organizar el secuestro de Aldo Moro, presidente del Consejo de Ministros (el equivalente al presidente del Gobierno) y cuyo cadáver acabaron entregando en el maletero de un coche casi dos meses después del secuestro.

De la experiencia del periodo se extrae la evidente lectura del carácter de clase del Estado: por muchas elecciones que se hagan, por mucho que sea una república en vez de una monarquía (como era ya Italia desde 1946), un estado capitalista no puede ser democrático, ya que está controlado (cuando no directamente dirigido) por los grandes capitalistas, por los grandes burgueses, por los grandes propietarios. Algo que, por otra parte, también se demostró con la Operación Gladio, con la intervención de los servicios secretos estadounidenses en la política de varios países (entre ellos España e Italia) y sobre la que el exdirector de la CIA, James Woolsey se reía en una entrevista hace poco. Por eso mismo motivo, corrientes reformistas como la del PCE, hoy integrado en Unidos Podemos, o como la de Rifondazione Comunista, integrada en Potere al Popolo en Italia, no pueden conseguir los objetivos de los trabajadores.

Pero hay una segunda lectura, también actual y también importante, sobre la que Marzo Rizzo centra la atención: “Los jóvenes se enfrentaban entre ellos y, al final, ganaban los burgueses”. El antifascismo de hoy, que es la base hasta del más mínimo sentimiento democrático, se debe dirigir a la lucha contra el capitalismo: el antifascismo se construye en los barrios, día a día, mediante organización, para que sean el proletariado y las clases populares en su conjunto, las que rechacen el fascismo. Es ahí donde se ubica la labor de una organización antifascista y, especialmente, de una organización comunista. Los años de plomo son la dramática demostración de que, cuando no se combate abiertamente el capitalismo, haciendo protagonista al proletariado y a las grandes masas de trabajadores, no hay posibilidad de victoria. Si acaso, de resistencia. Y el pueblo italiano, en esa fatídica década, una vez más, resistió. Cabe contextualizar, en cualquier caso, las palabras de Marco Rizzo, que no iguala, ni mucho menos, fascismo y antifascismo (sería absurdo igualar al opresor, al racista, al xenófobo con quien combate esas opresiones), sino que llama a tener cuidado con unas dinámicas que no benefician a los trabajadores sino que sirven para reforzar entre la población la falsa sensación de “falta de seguridad” que exigiría reforzar el papel del estado: por eso, no resulta sorprendente, que pocos días después de los episodios violentos en Italia durante la campaña electoral, el PD de Matteo Renzi, que ahondó en las políticas antiobreras de Berlusconi, haya intentado establecerse con una manifestación como “referente antifascista”, como “referente de democracia”.

Porque el problema no es quién tiene razón y quién no, porque ante esa pregunta, la respuesta está muy clara: el mito de que “los extremos se tocan” solo sirve a sostener el fascismo y la violencia que significa. El problema, al final, es que, aunque la razón esté de nuestro lado, en la década de los 70, u hoy, que nos acercamos a la década de los 2020, el riesgo sigue siendo el mismo: que no seamos capaces de enfrentar el fascismo haciendo trabajo diario en los barrios y queramos hacerlo a golpe de escaramuza. Que, a fin de cuentas, “los jóvenes se enfrenten entre ellos y, al final, ganen los burgueses”.

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