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Jue19092019

Última actualización09:36:03 AM GMT


¡Que me den un casco, así no hay quien estudie!

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A lo mejor esto es lo que está pensando ahora mismo aquel chaval que sale del pabellón de filología tras la noticia del nuevo derrumbamiento. Y es que la realidad apunta a que, tarde o temprano, nos vamos a encontrar con más de un accidente de este tipo.

De nuevo nos encontramos con un desplome del techo del pabellón de filología de la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza. Las lluvias, el cierzo y el mal tiempo pasan siempre factura al más que desmejorado edificio. Esto que contamos no es, por desgracia, nada nuevo. Los estudiantes de esta facultad llevamos tiempo ya viéndonos en la obligación de tener que estudiar en un edificio en ruinas, con las condiciones y riesgos que eso conlleva.

Tanto las instituciones del Gobierno de Aragón como las de la propia universidad no dejan de repetir, año tras año, que la reforma integral de la facultad está próxima, que el curso que viene será cuando se inicien las obras. Sin embargo, y a pesar de que se han expedido varias subvenciones para arreglarla, ésta sigue cayéndose a pedazos.

No nos sorprende esta pasividad por parte de las instituciones. Sabemos sobradamente que, dentro del marco del sistema capitalista, la Universidad de Zaragoza no es más que un negocio del que sacar ganancia, un centro de formación académica orientada a dotar a las empresas de una masa de jóvenes formados para ocupar los puestos que ellas ofrecen. En definitiva, una fábrica de futuros trabajadores para el sector privado.

Cabe preguntarnos, ¿Qué hace la dirección de la universidad para evitar esto? La respuesta es sencilla: absolutamente nada. Es más, las instituciones son cómplices de la progresiva privatización y elitización de la universidad y del sistema educativo en general. Día a día vemos cómo el Banco Santander introduce sus becas y sus préstamos para estudiar en la universidad, recibiendo el apoyo logístico de ésta. También vemos cómo se cede la contrata de las cafeterías a empresas privadas, las cuales convierten estos espacios en bares propios donde los estudiantes ya no podemos traer nuestra propia comida, viéndonos obligados a pagar diariamente un menú cuyo precio no está al alcance de todos.

Debemos tener claro que todo estos no son incidentes aislados, que no son sino ataques bestiales del capitalismo al sector público. Es la violencia de la burguesía contra la clase obrera y sectores populares. Hoy es un desplome sin consecuencias; mañana serán varios heridos. Y ante esto los estudiantes no debemos resignarnos. Debemos defender nuestro derecho a una educación pública, de calidad y al servicio de la clase obrera. Debemos organizarnos en nuestros sindicatos y combatir los ataques del capitalismo a la educación pública.

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