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Vie23082019

Última actualización09:36:03 AM GMT


Selectividad ¡Que empiece el juego!

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De 6 a 8 exámenes, semanas de estudio y tres días de examinación... Parece complicado al encararlo, pero desde aquí queremos animar y tranquilizar a los y las miles de estudiantes atacados por los nervios estos días. Además, vamos a dar algunas pinceladas sobre esta prueba, su esencia y el sistema que la sucederá.

Desde 1974, un año antes de la muerte del dictador, se celebra en el España la Prueba de Acceso a la Universidad. Desde ese año, la juventud nos vemos obligados a ratificar con varios exámenes lo que ya hemos aprobado durante el curso, en unas semanas que para muchas personas significan el máximo estrés vivido hasta entonces. Las fluctuantes notas de corte de los grados y la inseguridad de recibir una beca no ayudan mucho a tranquilizarnos, no sabemos si podremos entrar en la carrera que queremos. Pero con todo, hay que echar para adelante.

Estudiante, no te martirices: casi un 90% de quienes se presentan a la PAU la superan. Además, aunque creas que no te sabes nada, no es así: nuestro maravilloso cerebro tiene almacenado todo lo que hemos aprendido y estudiado durante el curso y estas semanas intensivas. Lo que sucede es que no está al primer alcance si intentas repasarlo todo de golpe, en abstracto, en tu casa. Con las preguntas delante, nuestro cerebro seleccionará la materia y todo será mucho más claro.

Como decíamos, de los 270.000 estudiantes que se presentan, casi el 90% la aprueban. No es una cifra muy alta, si tenemos en cuenta que en 1989, por ejemplo, cuando se examinaban los nacidos allá por el año 71, se presentaban 260.000 personas. ¿Sólo 10.000 personas más que quieren acceder a la universidad? No parece una democratización muy grande desde entonces, la verdad. Parece que el acceso a los estudios universitarios nunca fue un derecho absoluto de la juventud, que tanto ayer como hoy o bien ha tenido que entrar a trabajar cuanto antes, o no ha tenido dinero para pagarse los estudios.

En poco tiempo, la PAU desaparecerá (¡bien!) para ser sustituida por las reválidas y las pruebas específicas de cada universidad (vaya, esto es peor). Al final del Bachillerato, deberemos realizar exámenes de reválida, sobre todo el contenido de los dos años, que computarán un 40% para la nota total, mientras que los cursos enteros contarán sólo el 60%. Además, cada universidad se reservará el derecho de hacer pruebas específicas, dificultando mucho más la planificación del estudiantado, que tendrá que jugarse sus estudios muchas veces a una sola carta, ante la imposibilidad de preparar 3 o 4 pruebas distintas para distintas universidades por si no entrase en la primera. Pero esta es otra historia, la explicaremos en otro artículo.

Como la mayoría de elementos sociales, la PAU es también un arma de doble filo. Su hipotética utilidad reside en que ordena el nivel académico del estudiantado, para seleccionar las mejores notas y darles prioridad en las plazas universitarias. No obstante, pensar que la capacidad de un estudiante para desarrollarse se mide solamente por las notas que saca en unos exámenes mecánicos, dista mucho de la realidad. Además, si le añadimos los 60-120 euros que puede llegar a costar el trámite, sumado al precio del título de Bachillerato y otros pagos burocráticos, su positividad queda cada vez más en entredicho. Como si de un ejército a derrotar se tratara, a ambos lados de la PAU se encuentran las tasas universitarias, cada vez más altas, la reducción de las becas y la falta de plazas.

Curiosa universidad pública, que tantos obstáculos pone al estudiante. Mucho mayores son los obstáculos si la estudiante es de familia trabajadora, si sus padres forman parte de ese más de 20% de población parada, e incluso del 50% de parados que no reciben ni un euro de ayuda; o si forman parte de esa clase obrera para la cual el mileurismo es ya un lujo del pasado.

En fin, nuestros institutos están llenos de jóvenes con un potencial enorme, cada uno en una cosa distinta. Podemos superar la PAU, podemos acceder a la carrera que queremos, podemos trabajar y estudiar a la vez, podemos tumbar la LOMCE y podemos tumbar las reválidas, detener la privatización y elitización de la universidad y construir una educación al servicio de la clase obrera y el pueblo. Porque estudiante, la universidad no es solo estudiar, ¡es también luchar por ponerla a nuestro servicio!

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