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Dom30042017

Última actualización09:00:00 PM GMT


32% de los máster ya son privados. Afinando el argumento: ¿Por qué estamos en contra?

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El plan continúa y la privada recorta terreno. Resulta que en 2009 -venimos avisando ya tiempo- la cantidad de estudiantes en máster público representaba el 85%. Hoy baja al 68%, lo que significa que el 32% de estudiantes de máster cursan ya privados: ¿por qué pasa esto? ¿qué implica para la juventud? ¿qué es verdaderamente una privada y qué papel juega en la política y la lucha de clases?

Para empezar, ¿qué es una universidad privada? A simple vista parece ser una universidad normal que en lugar de recibir fondos del estado, lo hace de otras instituciones. Esto es cierto, pero el trasfondo social y económico es lo que nos interesa para comprender por qué defendemos la pública, por qué el avance de la privada supone un perjuicio para el pueblo trabajador. Una universidad de este tipo, además de cumplir una cierta función social -educar a gente- funciona como una empresa: necesita ganar dinero. En España, la mayoría pertenecen a instituciones religiosas y a grupos empresariales dedicados a la educación. Sí, igual que hay grupos dedicados al algodón y otros a los automóviles, los hay a la educación, explícitamente. Algunos de los grupos, como Laureate Education -con campus de la U. Europea en València, Gran Canaria y Madrid- forman parte de la bolsa igual que cualquier otra empresa: puede uno invertir en ella.

¿Cómo se hace el negocio? Igual que en cualquier otra empresa: vendiendo sus productos más caros de lo que los producen. Pongamos que el gasto anual de una Universidad privada es de 500.000 €, entre mantenimiento, sueldos, material, etc; entonces, simplemente deben producir -mediante matrículas, otras tasas y subvenciones- más de medio millón, para obtener así beneficio en el bolsillo de los propietarios y accionistas. Por eso son más caras: ¿es por que son mejores? Puede que en algún aspecto, pero sobretodo es porque siendo una empresa, han de generar beneficio. Una universidad privada no puede jamás, pues, satisfacer la reivindicación de "universidad gratis y de calidad": sería una contradicción.

¿Y porqué nos preocupa esto? Porque en el sistema privado se da importancia a la educación, claro, sino nadie se apuntaría -sería como una pizzería que hace malas pizzas, nadie iría a comerlas y la empresa se arruinaría-, pero también se vela por la solvencia, por la producción de beneficio, de forma que lo que rige en el fondo no es el dar a la juventud una formación superior porque es su derecho sino hacer que la universidad sea rentable y, de paso, ofrecer el servicio de educación, igual que otra empresa aporta sus servicios y productos a la comunidad. El hecho de que nuestra educación dependa de si es o no un buen negocio para cuatro corporaciones e instituciones religiosas es lo que denunciamos. Porque la educación del pueblo debiera ser un derecho inalienable y estimulado, no una consecuencia casual de los intereses y voluntades de empresas privadas.

¿Qué pasa si el estado invierte menos en la universidad pública? Que se ofertan menos grados y máster, que las instalaciones son peores, que las tasas han de ser más altas. Como consecuencia, cada vez más jóvenes no pueden permitirse ni la pública (entonces sube el porcentaje en la privada) o puestos a elegir, entre precios más o menos iguales, la familia trabajadora escoge la privada, ya que ofrece más seguridad, facilidad y oferta. De hecho, hay ya carreras y máster que cuestan lo mismo en ambas instituciones.

¿Y por qué el Estado va minando la educación pública, dejando terreno a la privada y fomentándola? En primer lugar porque los gobiernos del capital, del color que sean, son aliados de la burguesía: no hace falta más que ver la cantidad de políticos enchufados en empresas, sus vínculos de amistad y familiares o simplemente las políticas que llevan a cabo, siempre grotescamente a favor de la empresa y contra el trabajador. Por lo tanto, todo el terreno que dejen a la universidad privada es terreno de beneficio que, directa o indirectamente, repercute y enriquece al político, a su familia, a sus amigos o quienes en el futuro le darán un puesto en su empresa. En segundo lugar, pero conectado con la primera razón, todo el dinero que se deja de invertir en educación pública, puede emplearse para otras cosas, como subirse los sueldos, ayudar a bancos, mantener un ejército y una policía por si nos ponemos tontos, o financiar asociaciones ultracatólicas con autobuses. Porque los impuestos no han bajado, ¿no? No. En tercer lugar, y no menos importante, porque la decaída de la pública y de su lema universidad como derecho para todos significa que cada vez menos personas puedan acceder a la educación superior -cuyos precios son fijados por una empresa que debe ganar dinero-. Esto, obviamente, afecta sobretodo a los hijos e hijas de la clase obrera, quienes tienen dificultades para costear la privada. ¿La consecuencia? Una masa de trabajadores sin títulos superiores a los que nuestras amigas las empresas privadas puedan pagar menos, acorde con su formación.

Por poner algunos datos, más desarrollados aquí1, los estudiantes de grado en la pública han bajado en 8 años un 6,3%, mientras en la privada han subido un 2%. Si hablamos de máster, la bajada en la pública es del 2% y la subida de la privada del 587%, sin exagerar. Son buenos ejemplos de la paulatina implantación de la educación privada, de cómo cada vez lo vemos como más normal, como una dicotomía natural. ¿Pero hacia adónde va esto? ¿Hasta dónde puede llegar?

Nos han metido en la cabeza que los bancos, los puertos, las discotecas... todo, puede o incluso debe ser privado. Nos han acostumbrado a que todo se venda y se compre. ¿Qué puede pasar con la educación? Pues exactamente lo mismo, que el estado venda o abandone definitivamente la educación para que empresas o conglomerados se encarguen de ella, igual que se encargan de otros servicios tan básicos como la limpieza de muchas ciudades, las ambulancias, los comedores escolares, los dentistas y un sin fin de servicios básicos que probablemente serían más rentables para el pueblo y más efectivos si fuesen gestionados por sus propios trabajadores y dirigidos no al beneficio monetario sino al bienestar.

Si se mantiene la tendencia, si todo sigue por los cauces marcados por la UE, la profundización de este fenómeno no se hará esperar. En Japón, el 70% de estudiantes pertenecen a entidades privadas, en Colombia es el 50%. Tal como el estado va abandonando la educación (desinvirtiendo, encareciendo tasas, externalizando comedores, reprografías y limpieza) la privada va ganando más terreno y con ello las empresas dedicadas al sector y los políticos que tienen vínculos con ellas. Todo es cuestión de comprar la casilla "Educación superior" en el Monopoly, si quien la posee no la puede gestionar o, mejor, no quiere.


(1) http://www.eldiario.es/sociedad/universidad-privada-disparado-ultimos-publica_0_625038400.html

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