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Comunismo y propaganda: ¿Qué es (realmente) ser comunista?

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"A pesar de no existir un sistema infalible para identificar al típico comunista existen, por suerte, una serie de signos que podrían delatarlo. Estos signos son a menudo sutiles pero siempre están presentes en el comunista que, debido a su "fe", siempre debe actuar y hablar siguiendo unos patrones determinados".

Con esta contundencia empezaba un panfleto editado por el ejército estadounidense en 1955 cuyo objetivo era "desenmascarar" a los comunistas supuestamente infiltrados en sus filas. Concluida ya la Segunda Guerra Mundial, corrían por aquel entonces los primeros años de la Guerra Fría. Las autoridades norteamericanas identificaban al comunismo como su principal enemigo y estaban decididas a volcar todos sus recursos en la lucha contra el mismo.

La octavilla que contenía el párrafo con el que empieza este artículo fue reproducida a lo largo de los años cincuenta por numerosas revistas y medios culturales con gran tirada y alcance. El mundo cultural, controlado por poderosas empresas, se unió a la lucha contra el "enemigo rojo" mientras las autoridades se encargaban de perseguir a todos los artistas o intelectuales que pudiesen ser remotamente asociados a las ideas revolucionarias. Eran los oscuros años del macartismo y Estados Unidos se aprestaba a engrasar su maquinaria propagandística.

La versión oficial nos presenta hoy esa época como si de una anécdota se tratase. Un punto lejano de la historia en el que sucedían cosas con las que actualmente, se supone, no podríamos ni soñar. Pero si nos detenemos un momento a reflexionar sobre este asunto, puede que nos sorprendamos a nosotros mismos encontrando patrones comunes en algunas de las anécdotas de aquel momento con hechos corrientes hoy en día.

En los años del macartismo ya habían caído en manos de los norteamericanos los documentos que ahora conocemos en su conjunto como "diarios de Goebbels". Sí, del famoso Ministro de Propaganda de la Alemania hitleriana. Sus resúmenes, traducidos a numerosos idiomas, ayudan hoy a los propagandistas de todo el mundo a inspirarse para realizar con esmero las tareas que tienen asignadas.

Decía el fascista Goebbels que, para ser efectivos en la propaganda, es necesario simplificar al enemigo y caricaturizarlo. Los nazis lo sabían bien y por ello dibujaron una caricatura grosera de lo que pensaban que eran los judíos. Conocedores de esta máxima eran también los norteamericanos. Y no lo son menos las autoridades de todos los países capitalistas hoy día.

Lo cierto es que a través de diversos medios y a lo largo de un dilatado período de tiempo, los empresarios han ido construyendo una imagen estereotipada de lo que es ser comunista. Imagen que ha ido evolucionando y refinándose con el tiempo, conservando no obstante ese principio rector que comentaba Goebbels de la necesidad de simplificar y caricaturizar al enemigo.

Al pensar en un comunista, ¿quién no evoca hoy día la imagen del chico o la chica invariablemente joven con una estética asociada a lo "antisistema"? Camiseta desarrapada y pelo enmarañado, opcionalmente con un libro bajo el hombro. ¿Quién no ha pensado alguna vez que el comunista es una persona que habla de manera complicada con la única intención de quitarle a uno todas sus posesiones? Por no hablar de la indignación que nos suscita pensar que ese comunista dispone de teléfono móvil y ordenador. Incluso se atreve a vivir en una casa.

El desconocimiento de lo que es ser comunista se debe en parte a la labor de propaganda del sistema, pero también a que durante algunos años el movimiento revolucionario ha estado en retroceso. En consecuencia, la gente no podía contrastar con la misma facilidad que en otros momentos esa construcción ficticia del militante comunista.

En este momento de agudización de la crisis del capitalismo, la tendencia debe ser indudablemente a la recuperación del prestigio de los comunistas, de la presencia de la figura del revolucionario en cada barrio, centro de estudios y centro de trabajo. Pues la lucha de clases requiere organización y cada vez es más la gente que se plantea qué se puede hacer para remediar los problemas que nos aquejan día a día.

No siempre ha sido como hoy la situación. En los años sesenta y sobretodo setenta de este siglo pasado, y a pesar del ahínco con el que las autoridades franquistas perseguían todo atisbo de organización, el movimiento obrero y estudiantil, con los comunistas en primera fila, fue ganando fuerza. Era la época en la que militar en una organización política revolucionaria era indudablemente difícil. Pero la necesidad se abrió pasó y la gente no estaba dispuesta a callar eternamente. Y a pesar de que en los púlpitos de las iglesias o en las aulas de los colegios se clamaba contra los comunistas, dibujados con rabo y cuernos de demonio, los pasillos de los centros escolares y las barriadas obreras gritaban otra cosa.

Los que vivieron aquella época sugieren lo desconcertante que debía de ser para la policía franquista pasearse por algunas calles en las que lo habitual era ver pintadas comunistas desafiando la simbología imperante. Cuando empezaron a generalizarse las huelgas en los centros de trabajo, los obreros sabían -a pesar de la obligatoriedad de estar en el sindicato vertical y de la forzada clandestinidad de los militantes comunistas- quiénes eran los revolucionarios. Un comentario aquí y allá, la actitud frente a los problemas de la empresa: el día a día sí delataba al que era comunista frente a sus compañeros y precisamente dotándolo de una imagen profundamente distinta a la que trataban de construir los medios de propaganda oficiales.

En las bibliotecas universitarias a menudo los estudiantes sabían quién estaba en el Sindicato Democrático o en el Partido Comunista buscando al que más repasaba, al que se esforzaba por ayudar a los demás cuando flaqueaban en los estudios.

Quizá nos recuerda ésta a la actitud que mostraban los militantes de las Juventudes Comunistas en Chile, que acudían a los barrios populares -llamados por los vecinos- para apagar los incendios cuando las brigadas de bomberos no daban abasto. O a los jóvenes comunistas de Rusia, que en los años veinte y en pleno inicio de la construcción socialista soviética, daban a menudo el primer paso para el trabajo voluntario, sacrificando horas de ocio para que su país pudiera sacar la cabeza después de una larga guerra civil.

Los comunistas lo tenemos claro. Tenemos un proyecto político que consideramos necesario para que los sectores sociales a los que pertenecemos -la clase trabajadora y la capas populares- y estamos decididos a transmitirlo a nuestros compañeros, a nuestras compañeras. Tratamos de ser organizados, pues la organización es condición indispensable para el triunfo del proyecto revolucionario teniendo en cuenta que el enemigo es poderoso.

Y aspiramos a convertirnos en referente, por lo que no podemos limitarnos a hacer política mientras actuamos de manera contradictoria en nuestra vida personal.

Lejos de las caricaturas que han dibujado los propagandista sobre nosotros, no queremos despojar a los trabajadores de todas sus posesiones. Tampoco somos todos iguales: con o sin móviles y a pesar de vivir bajo techo, somos individuos, cada uno con su vida, que tenemos un único pero poderoso punto en común: el anhelo de una vida mejor y la decisión de organizarnos y luchar para conseguirlo. No podemos decir que somos todos iguales, pues nosotros nos alejamos de ese afán simplificador de la propaganda de Goebbels. Pero sí es cierto que la militancia política nos empuja a esforzarnos en un mismo camino, irrenunciable para la victoria: en el de ser ejemplo para la gente que nos rodea, recogiendo las mejores tradiciones de lucha y existencia de todos los que nos han precedido en esta tarea.


Domenec Merino es Responsable de Formación de los CJC

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