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Última actualización06:28:54 PM GMT


Cuáles son los fundamentos de la moral comunista

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Podríamos reprochar al obrero cuál es su postura ideológica y moral hoy. Podríamos reprocharle que es individualista, racista y sexista, entre otras cosas. Pero, desde luego, ni de esta manera conseguiríamos modificar su postura, ni conseguiríamos acercarnos a él. Lo que verdaderamente conseguiríamos es perder el contacto con las masas y, a la par, el obrero seguiría siendo igual de individualista, de racista y de sexista.

Por tanto, para poder abordar el tema de la moral, debemos actuar de otro modo. Y, sin duda, el marxismo-leninismo nos da las claves para entender las contradiccione que operan en la conciencia del trabajador bajo el capitalismo y nos proporciona una estrategia para superarlas.

¿Cuál es la moral individualista y cuál es la moral comunista? ¿La moral comunista -y la ideología comunista- es generada por el propio trabajador de manera natural bajo el capitalismo o es introducida desde fuera? ¿Por quién es introducida y cómo? ¿Eso significa que hasta que no se derroque el capitalismo los obreros estarán condenados a ser individualistas, racistas y sexistas?

Este artículo pretende ser un pequeño análisis sobre los fundamentos de la moral comunista para aclarar dudas que pudieran surgir dentro de la batalla que los comunistas libramos hoy contra el oportunismo.

..........

Hoy en día todo está en venta. Cualquier cosa, en tanto mercancía, tiene un valor en el mercado. Y, asimismo, cualquier persona, en tanto que su fuerza de trabajo también es una mercancía más en el proceso de producción [1], también lo es.

Al trabajador se le valora según su valor para la sociedad. Materialmente se le remunera con un salario y es con ese salario mediante el cual tendrá la posibilidad de consumir mercancías. Cuanto más salario tenga, más mercancías consumirá. Y, en medida de su posición dentro del proceso productivo, según su salario y según los productos que consuma, todo ello íntimamente relacionado, será valorado socialmente de una u otra forma.

No gozan de la misma valoración social, del mismo estatus, los directivos de una multinacional que los trabajadores sudafricanos que se juegan la vida en las minas. Puede que los segundos tengan unas condiciones de trabajo más difíciles y sean el verdadero sostén de la empresa, pero "de manera automática" se les tiende a situar como inferiores.

¿Inferiores en base a qué? ¿Y por qué "de manera automática"? Porque bajo unas relaciones de producción capitalistas, la conciencia, las ideas que rigen en la mayoría de las cabezas, son ideas capitalistas. No pueden ser de otra manera si se generan bajo un régimen de vida en el que la fuerza de trabajo es una mercancía y, en consecuencia, el ser humano es valorado en tanto mercancía. Así es que, cuando pensamos en los mineros sudafricanos, intuitivamente se tienda a considerarlos inferiores con respecto a los directivos. Incluso, para reforzar esta valoración de desigualdad, podríamos recurrir al racismo.

Como se puede ver, estamos entrando ya en el terreno de la moral. Un tema que a muchos les puede asustar, en algunos casos porque consideran que la moral no es importante, apelando así al relativismo moral (al nihilismo [2]), y, en otros casos, porque nuestra posición moral puede resultar superadora de su moral de clase.

A este último respecto, es frecuente escuchar por parte de la burguesía, sobre todo de la más conservadora, continuos llamamientos a la moralidad. En un ámbito ampliado, observamos sus plegarias a la moralidad con la ley contra el aborto aprobada hace unos meses. Pero en ámbitos mucho más cotidianos también podemos percibir esa moral con gran facilidad. Sin ir más lejos, el juicio moral también se aplica mediante los estereotipos sociales que, por poner un ejemplo muy básico, consideran inferior a una persona que no lleva ropa actual o de moda.

Y es que también el sentido estético forma parte de la moral y, asimismo, la moral se genera según la ubicación de la persona en el modo de producción.

¿Acaso tiene la misma moral el directivo que mencionábamos con respecto a un trabajador cualquiera? Es evidente que la moral del primero se situará acorde con la moral dominante y considerará su estatus superior al estatus del trabajador sudafricano. ¿Pero un trabajador puede compartir la misma moral que el directivo que explota tanto al trabajador sudafricano como a él mismo? Recurriendo a lo que ya decíamos, ¿acaso un trabajador consciente puede ser racista?

Como podéis ver, ya hemos introducido un nuevo término que no deja al azar el hecho de ser burgués u obrero. Hemos hablado del trabajador "consciente", no de cualquier trabajador.

A pesar de que en el capitalismo el trabajador se cosifique [3], esté alienado con respecto a su trabajo y se empape de la ideología dominante, también su propia existencia como trabajador le permite generar otro tipo de conciencia, otro tipo de ideología y otro tipo de moral.

Una moral que se genera en base a las contradicciones que vive en el propio capitalismo. Por poner un caso, la moral colectiva que el trabajador crea en su conciencia por el hecho de formar parte del mismo proceso productivo que otros tantos trabajadores empleados como él en la cadena de montaje. Si el compañero anterior no hace bien su trabajo, si no cumple a tiempo con la ejecución de su tarea, el "marrón" le caerá al siguiente compañero que ejecuta la siguiente tarea.

Una moral que también rompe con otros prejuicios sociales. Como, por ejemplo, la discriminación según el lugar de origen, al depender el trabajador directamente de otro compañero que pudiera haber nacido en cualquier otro rincón del país o en cualquier otro país del mundo. Lo cual, en un mundo interconectado, en la fase imperialista del capitalismo, se da con mucha frecuencia: cada pieza del producto final se produce en una empresa diferente y en un país distinto.

Asimismo, también rompe con la discriminación de género. Porque perfectamente tu compañero de trabajo puede ser tanto una mujer como un hombre, y en ambos casos la valoración sobre él será el cumplimiento eficiente de la tarea, no que tenga unos u otros atributos sexuales.

Pero pasa una cosa. Ojalá la forma de vida generara mecánicamente un cambio de conciencia. Así, por el propio hecho de que la producción es social, la distribución de los resultados del producto también tendría que ser social. O, dicho con otras palabras, ahora mismo deberíamos vivir en el Socialismo. Igualmente, no debería existir el individualismo, ni la discriminación racial y tampoco la discriminación de género. En cambio, nos encontramos con una mayoría de la clase obrera que sigue teniendo ideas individualistas, echa la culpa a los inmigrantes de la falta de trabajo y relega a la mujer a un segundo plano.

Si yo no fuera marxista, podría dedicar decenas de folios a explicar mi posición ante estas contradicciones, recurriendo a un sinfín de autores y corrientes ideológicas para complementar las conclusiones desde una u otra perspectiva. En cambio, como tengo un análisis materialista y dialéctico de la sociedad, puedo condensar todo ese desarrollo en unos pocos párrafos. Al fin y al cabo, como trabajador, yo también soy pragmático [4] y aborrezco a los teóricos que no saben sintetizar su discurso.

¿Qué pasa entonces con la moral y la ideología? ¿Cómo puede contradecirse con la propia existencia? ¿Cómo la ideología capitalista se mantiene si la inmensa mayoría de la población mundial es obrera?

En la ideología del trabajador opera la contradicción del capitalismo continuamente. Mientras convive en el día a día con sus compañeros, a la par compite con ellos por el puesto de trabajo.

Esto se plasma perfectamente en una huelga, cuando a una parte de la plantilla le ofrecen los capitalistas unas condiciones de despido más favorables que al resto para que así se rompa la unidad. En ese momento el trabajador entra en un conflicto moral de gran importancia: puede actuar en su propio interés aceptando esas condiciones mejores, pero esta aceptación le llevaría a romper la unidad que ha forjado con sus compañeros tras largos años de trabajo en común.

En aquellas empresas donde no ha habido una intervención sindical de clase, los trabajadores dejan de lado el factor moral del compañerismo y se decantan por la moral individualista de "salvar el culo". Así la empresa puede echar más de 100 personas a la calle, pero no hay ningún tipo de respuesta y todas las salidas son negociadas (incluso negociadas individualmente). Muy seguramente las condiciones de salida serán mucho peores que si hubiera una lucha colectiva o incluso sería posible impedir el cierre, pero -ante dicha tesitura- la moral capitalista ha ganado.

En cambio, observamos justo lo contrario cuando sí hay una intervención sindical clasista. En vez de primar lo individual, ante una huelga van todos a una y los acuerdos colectivos tomados en las asambleas se superponen a las cavilaciones individuales que provocan dudas acerca del porvenir individual y familiar. Cuando se da esta situación, la mayor parte de los conflictos los ganan los obreros y, en caso de no hacerlo, a pesar de todo, salen de la lucha con la cabeza alta y con la moral íntegra, inquebrantable.

Pongamos los pies en el suelo. Si durante varias décadas no ha habido un sindicalismo de clase, hoy en día no podemos lamentarnos de que la conciencia de muchos trabajadores sea tan individualista. Es en el centro de trabajo donde el trabajador pasa la mayor parte del día y es el sindicalismo la cantera donde aprende la ideología comunista.

¡Ah! ¡Ideología comunista! ¿Por qué hablamos ahora de ideología comunista y no antes? Porque, si no nos hemos dado cuenta, la moral colectiva de la que hemos hablado, esa que se impone sobre la moral individualista, tiene una parte importante de moral comunista. Es un poco como su inicio, sus primeros pasos. El trabajador genera una moral colectiva por su papel en el proceso de trabajo y es sobre dicha moral sobre la cual se edifica la moral comunista.

Pero esa moral comunista no se genera de por sí. La moral que genera el trabajador de manera natural, en el capitalismo, está cargada de las contradicciones que hemos situado.

Extendiéndolo a un plano más general, también podemos decir lo mismo de la ideología: el trabajador bajo el capitalismo no puede tener una ideología puramente comunista, no puede pensar como si viviera en una sociedad comunista, pero -en cambio- sí puede tener una ideología comunista en tanto que a la hora de actuar bajo el capitalismo, prima los valores comunistas sobre los valores individualistas/capitalistas. En su conciencia seguirá viviendo la contradicción, pero se decantará por la actitud en favor del colectivo.

De esta manera, sin darnos cuenta, hemos llegado a situar una diferencia fundamental entre dos teorías ideológicas que pugnan por dirigir el movimiento obrero: el anarquismo y el marxismo. Mientras el anarquismo explica que es posible la modificación de la ideología del obrero sin alterar primero las relaciones de producción, el marxismo sitúa como primer objetivo la toma del poder para modificar la ideología del obrero solo cuando cambien las relaciones de producción [5].

Y, entonces, ¿cómo es posible la toma del poder si los obreros aún mantendrán su ideología capitalista? La respuesta aclara por qué los comunistas apostamos por un partido político y los anarquistas reniegan de él.

El marxismo-leninismo es una teoría ideológica que surge de las conclusiones que la intelectualidad saca de su estudio de la sociedad a lo largo de la historia [6], pero estas ideas no aparecen en la cabeza de los trabajadores automáticamente. Los trabajadores adquieren la ideología socialista cuando la aprehenden, es decir, cuando la adquieren una vez se les traslada desde un partido político de ideología marxista-leninista que interviene allá donde están los obreros, como -por ejemplo- en el movimiento sindical que hemos hablado, haciendo un sindicalismo clasista bien definido. Será en esa lucha donde verán reflejados sus intereses de clase en las posiciones del Partido Comunista y observarán que precisamente la posición de los comunistas rompe la brecha de sus contradicciones en la línea de la moral colectiva que día a día forma en su centro de trabajo.

Por ello generalmente decimos que los trabajadores se ven inclinados "instintivamente" al comunismo, pero esto no quiere decir que "instintivamente" se puedan hacer comunistas.

La única vía para que un trabajador adquiera conciencia de clase y actúe conforme a su realidad como clase social, es adquiriendo la ideología socialista que le traslada el Partido Comunista. Y para eso el Partido Comunista debe ser firme en su ideología. No puede dejarse arrastrar por teorías que no partan del análisis clasista de la sociedad, que no partan del marxismo. De ahí la importancia que le damos a combatir el oportunismo y el revisionismo en todas sus formas.

Porque, sin un análisis marxista, bien podríamos dedicarnos a reprochar al obrero cuál es su postura ideológica y moral hoy. Podríamos reprocharle -continuando el hilo del comienzo- que es individualista, es racista y es sexista. Pero, desde luego, ni de esta manera conseguiríamos modificar su postura, ni conseguiríamos acercarnos a él. Lo que verdaderamente conseguiríamos es perder el contacto con las masas -cayendo en el sectarismo- y, a la par, el obrero seguiría siendo igual de individualista, de racista y de sexista.

En cambio, si mediante la intervención en las luchas con nuestra ideología, siendo conscientes de cuál es su conciencia hoy, conseguimos que se organice en una estructura sindical [7] y, en los casos de los trabajadores más conscientes, en la propia organización comunista, entonces sí podremos modificar su conciencia porque estas estructuras -la estructura sindical dependiendo de la dirección que ejerza sobre ella el Partido y en el propio Partido al tener bien definidos sus principios- sí son independientes con respecto a la ideología burguesa y en ellas la propia conducta -la propia moralidad- se guía según la moral comunista.

Dentro de la organización comunista se debe procurar por todos los medios que la actitud moral de los integrantes sea comunista. Porque es precisamente en la militancia comunista donde el trabajador aprende a afianzar la moral colectiva, debatiendo cada uno de los asuntos de la organización, repartiendo las tareas con sus compañeros, respetando los acuerdos colectivos, haciendo crítica y autocrítica, rindiendo cuentas acerca del trabajo realizado, etc. En ella sí que no pueden quedar impunes las posiciones individualistas, racistas, sexistas u otras tantas negativas que pudieran percibirse.

No obstante, a pesar de todo, y por desgracia, es muy probable que éstas se den, pues el comunista también vive en la sociedad capitalista y convive con personas no comunistas o incluso no obreras, pero es fundamental que tenga la voluntad de superarlas. Más aún en el caso de la organización juvenil comunista, que es una escuela de comunistas, no una organización de cuadros comunistas ya formados.

Porque no es que entendamos el individualismo, el racismo o el sexismo como cosas independientes y que, por tanto, requieren teorías diferentes para poder explicarlos; sino que como marxistas explicamos el individualismo, el racismo o el sexismo como resultado de las contradicciones que el trabajador vive bajo la sociedad capitalista (en el texto hemos visto cuál es el origen de esas conductas). E, igualmente, por eso mismo, nos atrevemos a afirmar que solo nosotros podemos ser capaces de modificar dichas actitudes morales, que tienen un claro carácter de clase y que rompen frontalmente con el más profundo de nuestros principios: la igualdad entre todos los seres humanos, sea cual sea su trabajo, raza o género.

Como hemos dicho, la estrategia del Partido Comunista es la toma del poder. Será en las luchas que el Partido -y la Juventud Comunista- traten de organizar a los obreros en estructuras de clase (las estructuras del Frente Obrero y Popular) y de esas estructuras de clase extraigan a los obreros más conscientes, a los cuales formará en la ideología marxista para que así actúen según sus intereses de clase.

A continuación podríamos detenernos a analizar cuestiones trascendentales como si los comunistas apostamos por concienciar al 100% de los trabajadores antes de la toma del poder (si debemos ganar la "hegemonía") o si, en cambio, nuestra apuesta es organizar un núcleo duro que en un momento determinado pueda "tomar el cielo por asalto" (debemos asumir la "dirección"). Pero este debate acerca de "dirección" o "hegemonía" lo dejamos para posibles artículos posteriores. Por el momento queremos centrar el análisis en la relación entre la base o infraestructura de la sociedad (las relaciones de producción, lo material) y la superestructura (la ideología, la moral..., lo ideal). Y no lo hacemos con una intención puramente teórica, sino más bien al contrario: queremos que los camaradas que nos lean puedan detectar dichas contradicciones en la intervención que hacen en el día a día ante las masas y dentro de la propia Juventud Comunista.

 

Notas:

[1] Definición de proceso de producción en el Diccionario Soviética de Economía Política de Boríshov, Zhamin y Makárova: http://www.eumed.net/cursecon/dic/bzm/p/produccion.htm 

[2] El "nihilismo", en líneas generales, es una teoría filosófica que defiende la no existencia de valores universales y niega que la vida tengan un sentido propio. Nihilismos como el de Friedrich Nietzsche apuestan por una vida en que el individuo esté por encima de toda la moral establecida y solo se rija por su voluntad individual (voluntad de poder). Esta moral nietzscheana impregna muchas de las teorías filosóficas que hoy predominan. Por ejemplo, es uno de los pilares fundamentales de las corrientes posmodernas que abiertamente se posicionan en contra del marxismo.

[3] Cosificación o alienación se pueden considerar sinónimos. La alienación queda descrita por el Diccionario Soviético de Filosofía de Rosental y Iudin: http://www.filosofia.org/enc/ros/alienaci.htm 

[4] "Pragmático" en un sentido cotidiano como defensor de la práctica como criterio de verdad, no relacionado con el "pragmatismo" como teoría filosófica.

[5] Para un estudio más profundizado de las diferencias entre anarquismo y socialismo, recomendamos "Anarquismo y Socialismo", de J. Stalin.

[6] El desarrollo de la teoría del Socialismo Científico es producto del estudio de la sociedad por parte de intelectuales que, analizando las contradicciones de la sociedad capitalista, obtienen la conclusión de que ésta misma porta el germen de otra nueva sociedad, la socialista, en la medida que genera una clase social antagónica a la burguesía que está destinada a tomar el poder. Algunos de estos intelectuales fueron Marx, Engels o Lenin. Una vez se desarrolla esta teoría, se puede fusionar el Socialismo Científico con el movimiento obrero espontáneo, formando así la estrategia comunista. A este respecto recomendamos leer "Qué hacer" de V. I. Lenin.

[7] El artículo se desarrolla mediante el análisis de la posición del trabajador como asalariado. Puede extenderse al estudiantado en el caso de la juventud, como por ejemplo a la hora de organizarse primero en estructuras de masas y luego en la organización juvenil comunista, aunque existirán diferencias porque no ocupan en sí un lugar en la producción capitalista.


Adrián J. Bertol es Director de Tinta Roja.

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